Todavía recuerdo aquel mail y la llamada de Carmen, angustiada. Un niño esperaba urgentes transferencias de plaquetas en nuestra ciudad y los padres, desesperados, habían mandado cientos, miles de mensajes pidiendo ayuda a través de Internet. Un poco raro que lo hagan por correo, le dije yo, a ver si no va a ser otro de esos correos basura. Pero Carmen tenía un pálpito, y los dos, plaquetas. Todavía recuerdo las llamadas a todos los demás, la dura negociación para lograr que su incredulidad inicial, como la mía, se transformara en acción. Lupe, Ana, Jaime, Antonio, César, todos dejamos lo que estábamos haciendo y seguimos el pálpito de Carmen. No pasó ni una hora cuando, a la puerta del Hospital, todos nos disponíamos a entregar nuestra sangre por aquel chico, por aquel mail pero, sobre todo, porque Carmen nos lo había pedido. Y todavía recuerdo la cara que se le quedó, roja de vergüenza, cuando nos dijeron, un poco con sorna, que ningún niño se estaba muriendo por falta de plaquetas. Que de ser así habría habido, como mínimo, setecientos médicos y enfermeras dispuestos a evitar el colapso, anuncios en la radio, coches por la ciudad pregonando la agonía. Que gracias, pero que no.
Hoy me he cortado en la cocina, nada grave, no manden correos en mi auxilio. Pero cuando he visto mi dedo sangrando me he acordado de aquella historia. Del tiempo en el que todo era más sencillo y no había distancias, ni trabajo, ni compromisos. Los años en los que bastaba una llamada para tener al rato a alguien cerca. Y quizás sea una imagen simbólica, una ocurrencia sin más, otro recurso creativo. Pero he añorado el tiempo en el que todos éramos, para los otros, plaquetas.
|
Los tiempos modernos nos empujan a la soledad. aunque siempre nos queda internet